8 Diciembre 2006

troy probando el subefotos con una pic de un lugar de mala muerte en el cual cai el sabado antes de reunirme con esas maravillosoas personas llenas de luz
robyclorio-vannepoetter-marcorueba-misterbarrie-richardsilva jejeje llegue con aliento alcoholico y los de seguridad del transporte de aueropuerto casi casi me trataron como a un terrorista jejejeje

27 Noviembre 2006

porn inter


y a ustedes para que les sirve el internet?
contesten aver que perversidades guardamos cada uno :-D

jojojojo

Solo queria decir hola antes de irme a dormir :P

21 Noviembre 2006

El diablo y la religión.

Nos encontramos pues, con que el diablo es una institución enteramente cristiana. El cristianismo es el que le dará todas sus formas y su constitución, le dotará de sus atributos, y creará toda una ciencia a su alderredor: la demonología. Demonología que será la antítesis pura y simple de la Teología o estudio de Dios y que, como ésta, tendrá sus grandes tratadistas y filósofos.

El diablo empezará a gozar, con todo ello, de una creciente popularidad. Mientras que, en los tiempos antiguos, el demonio era el chivo expiatorio a cuya malevolencia se cargaban todas las desgracias que recaían sobre la humanidad, y más tarde un elemento de coerción que empujaba al hombre al bien ante el temor al castigo (aunque la Biblia nos hable ya en algunas ocasiones de tratos con el diablo), la Edad Media nos ofrece un profundo cambio en este orden de ideas. De pronto, observamos, un gran número de hombres y mujeres dejan de temer al diablo para quererlo, para desearlo, para adorarlo, para convertirse en sus aliados, y servidores. ¿Por qué todo esto? No es, ciertamente, tan sólo a causa de la creciente importancia que le va dando la Iglesia… aunque esto, indudablemente, influya en todo el contexto. Muchos autores creen ver la motivación última de este creciente interés e inclinación hacia el diablo de una parte del pueblo medieval en la gran riqueza y poder que poseía la Iglesia por aquel entonces. En efecto, durante todo el medievo, la Iglesia se caracterizó por la exhibición de una gran riqueza material, que se traslucía tanto en el poder que detentaban sus miembros como en el lujo de sus obras, en los tesoros que albergaban sus catedrales, en sus cultos, en su liturgia. Era lógico que esta desmesurada ostentación de riqueza, ante la miseria de la mayoría del pueblo, hiciera que muchos se preguntaran: si la Iglesia (si Dios) es tan rico y poderoso, mientras que nosotros pasamos hambre y tanta miseria; si el Señor nos ha rehusado la posesión de todos estos bienes y pertenencias, dándoselos en cambio tan sólo a sus ministros, ¿ por qué no pedírselos nosotros al Diablo que, como enemigo ancestral de Dios, se hallará también en situación de dárnoslos, y lo hará gustosamente con tal de que reneguemos de Dios? ¿Por qué no convertir al diablo en nuestro dios, para que nos dé las riquezas y el poder que la Iglesia nos niega?

Así es probable que se iniciara el culto al demonio… un culto que, lejos de disminuir con el tiempo, fue aumentando progresivamente, ganando adeptos día a día… ya que el diablo, como personificación del mal, no entiende de actos lícitos e ilícitos, por lo que para él todos los actos están permitidos, incluso los más execrables, mientras que la Iglesia por el contrario, prohibe más cosas que las que permite.

Como dice muy bien Grillot de Givry, la realización de esta lógica debía de ser fatal: no se muestra impunemente al diablo en las catedrales, durante diez siglos, a treinta generaciones de seres humanos, sin que aparezcan curiosos deseosos de ir a verlo realmente, aduladores para ir a hacerle la corte, revolucionarios para entregarse a él en cuerpo y alma. El diablo empezó a tener así sus servidores… que son los que han llevado su leyenda hasta nuestros días.

Desde los más remotos tiempos de la antigüedad.

Esta es la frase con la que se podría empezar cualquier estudio sobre el diablo. Desde los más remotos tiempos de la antigüedad… porque el diablo es el más antiguo de los espíritus que han acompañado al hombre en su historia. Más antiguo que el mismo hombre quizá, puesto que todas las religiones son unánimes en precisar que el diablo existía ya antes de que el hombre fuera creado.

Bueno, el diablo no: el demonio. Precisemos esto, puesto que hay entre ambas palabras consideradas comúnmente como sinónimas, un claro matiz de diferenciación. El demonio (o los demonios) es una institución pagana, amplia, tan antigua como el hombre mismo, y que incluye dentro de ella a todos los malos espíritus que ha creado la humanidad. El diablo en cambio (el Diablo, así, con mayúscula) es una institución netamente cristiana, que simboliza al espíritu del mal, al antagonista de Dios… al Ángel Caído.

EL demonio, pues (o los demonios) es un concepto en cierto modo filosófico, tan antiguo como la propia humanidad. Su origen se halla en la relación entre dos elementos antagónicos que han estado siempre presentes en su lucha junto al hombre: el Bien y el Mal, representados por los pueblos primitivos, necesitados de personalizar y humanizar todo lo que les rodeaba, por dos tipos distintos de espíritus, los buenos y los malos, más o menos antropomorfizados, y que tenían sin embargo en ambos casos el apelativo de dioses.

Asimismo, estos demonios (o dioses malignos) solían presentarse en gran número, y cada uno de ellos estaba destinado a un fin determinado. Muchos de estos dioses eran realmente malignos, otros solamente traviesos, y a ellos se les achacaban todas las desgracias acaecidas a los hombres: el dios Seth egipcio, por ejemplo, era el responsable de la sequía y las tormentas, el Tifón griego era considerado el origen de las tempestades, los terremotos y las erupciones volcánicas…

Es con la antigua religión persa que la diferenciación entre ambas clases de espíritus o dioses se delimita, apareciendo por primera vez la existencia de dos principios iguales, opuestos y eternos, que mantienen el equilibrio del mundo imponiéndole una ley de implacable compensación: los principios absolutos del Bien y del Mal. Por primera vez, ambas representaciones, al antropomorfizarse, se convirtieron en entidades únicas, tomando los nombres de Ormuz y Ahrimán, el ” espíritu bienhechor ” y el ” espíritu malhechor “. Ambos tienen los mismos atributos y poderes, y su misión es mantener el equilibrio del mundo dentro de la órbita del bien y del mal: a cada buena acción de Ormuz, Ahrimán opondrá una mala, a fin de que la balanza se mantenga siempre en equilibrio. Ambos espíritus, naturalmente, tendrán toda una cohorte de otros espíritus servidores a su alderredor, cada uno de ellos con una misión específica a sus órdenes.

Las analogías entre la religión de Zoroastro y la religión cristiana son evidentes. En muchos aspectos, el cristianismo es una continuación del zoroastrismo, adaptado a una nueva mentalidad: la hebrea. Sin embargo, en algunos aspectos, se producen claras diferenciaciones. Una de ellas es precisamente la que atañe a las relaciones entre los buenos y los malos espíritus, entre el diablo y Dios.

Porque, para todos los pueblos primitivos, y principalmente para el zoroastrismo, los demonios constituían la personificación total o parcial del principio del Mal frente a los hombres y, en este sentido, como antítesis del Bien humano, eran, como él, eternos y omnipotentes, y los hombres no podían hacer nada por vencerlos: estaban a su merced, y lo único que les cabía hacer era mantenerlos contentos y estar siempre congraciados con ellos.

Con el judaísmo y más tarde con el cristianismo, los demonios pierden categoría: dejan de ser omnipotentes, aunque sigan siendo eternos. Se hallan supeditados a la voluntad de Dios y, en cierto modo, son también esclavos de los hombres… aunque luego tengan derecho a pedir su recompensa.

Nos explicaremos: la demonología cristiana (es con el cristianismo que surge la palabra Diablo) nos presenta a los demonios como seres que están obligados a rendirse a los deseos de los hombres, siempre que éstos usen de determinadas fórmulas, a cambio de su desquite después de la muerte de éstos, cuando deban ir a rendir cuentas a Dios de sus actos cometidos durante toda su vida. La iconografía cristiana, pues, al separarnos la vida carnal de la espiritual que sobrevendrá después de la muerte, nos presenta también claramente dos aspectos distintos del diablo, mostrándonos por un lado a un diablo obedeciendo servilmente los deseos de los hombres durante la vida de estos… pero atormentándolos más tarde implacablemente después de su muerte. Este doble simbolismo, que tiene sus bases en la creencia de la existencia de un ” más allá “, irá indisolublemente unido a la imagen del diablo hasta nuestros días.